Alimentación de las ballenas determinaría su exposición a contaminantes en la Patagonia

Una investigación pionera liderada por científicos de la Universidad Mayor demostró que las ballenas azules y jorobadas enfrentan riesgos distintos ante la presencia de metilmercurio y metales pesados en los fiordos australes, un fenómeno condicionado directamente por lo que comen.


¿Qué ocurre con los elementos tóxicos presentes en el océano cuando ingresan a las redes tróficas marinas? Un estudio publicado en la revista científica Environmental Pollution entregó respuestas a partir del análisis de dos de los cetáceos más grandes del planeta: la ballena azul (Balaenoptera musculus) y la ballena jorobada (Megaptera novaeangliae).

“¿Ballenas azules frente a ballenas jorobadas, frenesí por alimento o por contaminantes? Trofodinámica del metilmercurio y elementos traza en los fiordos patagónicos” es el nombre del trabajo liderado por la candidata a doctora Andrea Hirmas, investigadora de la Universidad Mayor, que evaluó la transferencia de metilmercurio —la variante más tóxica del mercurio— y otros ocho elementos traza (como aluminio, cadmio, arsénico y zinc) en las aguas de la Patagonia chilena, específicamente en el golfo Corcovado y los canales Moraleda y Puyuhuapi, zonas de alto valor ecológico que destacan por su abundante productividad marina durante el verano austral.

Mediante el análisis de isótopos estables de carbono, nitrógeno y azufre en biopsias de piel de ballenas vivas y en sus presas habituales, como el krill y el langostino de los canales (Grimothea gregaria), fue posible reconstruir con exactitud qué consumen y su ubicación en la cadena alimentaria.

Monitoreo en fiordos

“Las ballenas no se exponen de igual manera a los contaminantes, dado que lo que comen y cuánto comen modifica esa exposición”, afirmó la investigadora.

Por su parte, el Dr. Gustavo Chiang, director del Doctorado en Salud Ambiental y Biomedicina de la Universidad Mayor y subdirector del Anillo de Investigación en Ciencia Antártica (ICEMELT), financiado por ANID, recalcó que se trata del “primer estudio integrativo en el Pacífico Sudeste que combina modelos de dieta basados en isótopos estables con la carga de contaminantes en ballenas barbadas vivas, utilizando biopsias no letales”.

Calidad versus cantidad de presas

Los resultados del informe evidenciaron marcadas diferencias entre ambas especies debido a sus hábitos de forrajeo. Por un lado, las ballenas jorobadas tienen una dieta diversa que incluye krill, langostinos y peces pelágicos pequeños. Por lo que, al alimentarse de especies situadas en niveles tróficos más altos, mostraron una mayor concentración tisular de metilmercurio.

En cambio, las ballenas azules se alimentan casi exclusivamente de krill (un eslabón trófico inferior). Sin embargo, debido a sus descomunales demandas energéticas, consumen cerca de 16 toneladas diarias de alimento, en comparación con las 9 toneladas de las jorobadas.

Mientras la jorobada concentra niveles más altos de mercurio orgánico en su piel, la ballena azul registra una mayor ingesta diaria absoluta de metales traza como zinc, selenio y aluminio por la inmensa cantidad de biomasa que ingiere cada jornada.

Los autores concluyen que estos hallazgos establecen una línea base indispensable para monitorear la salud de los cetáceos australes frente a factores de estrés global como el cambio climático, el turismo intensivo y la actividad pesquera en ecosistemas que, históricamente, han sido considerados prístinos.