Bernardo O’Higgins y los sabores de la chilenidad

Amalia Castro, directora del Centro de Investigación en Artes y Humanidades, escribe columna de opinión en La Tercera el 19 de septiembre de 2026.


Cuando en Fiestas Patrias compartimos un asado, una empanada de pino, un vaso de chicha, un mote con huesillos o un chilenito, no solo estamos disfrutando de nuestra tradicional gastronomía, también de nuestra propia historia, pues significa un acto de cariño y confianza que ha traspasado generaciones.

Uno de los primeros en comprender el valor estratégico y emocional de los alimentos, algo que hoy define nuestra identidad, fue Bernardo O'Higgins Riquelme, para quien la buena mesa nunca fue un mero trámite, sino un escenario político y una trinchera afectiva.

Amante del té, el café, el chocolate y el vino, cuando en 1823 fue empujado al ostracismo en Perú, cambió la espada por el arado en las haciendas de Montalván y Cuiba. Lejos de la pompa oficial, mantuvo el contacto con sus cercanos en Chile mediante la "dialéctica del don" y el intercambio de los llamados gastrorregalos: obsequios culinarios que operaron como vehículos de gratuidad y sociabilidad para el prócer.

En esa última etapa de su vida (1831-1842) el estadista dio paso al hombre doméstico. Ya no se trataba de persuadir a generales, sino de abrazar a la distancia a su círculo más íntimo: su hermana Rosa Riquelme, sus administradores, amigos de juventud y antiguos aliados en la causa pública. En las cartas escritas durante su exilio se revela un verdadero catálogo de delicias reposteras que cruzaban los caminos del Perú a lomo de arriero.

Alfeñiques y bizcochuelos -a veces betunados o escarchados- eran ideales para cumpleaños o para responder favores; panes de azúcar blanca -fruto de sus propias haciendas cañeras- eran entregados como gesto de generosidad y distinción a sacerdotes, colaboradores y amigos; chocolates, golosinas y media arroba de chocolate de canela entera estaban destinados al "maestro" Manuel Reyes, mientras que las canastitas con rosquillas, caramanducas y panes dulces eran dirigidas a su querida Rosita.

Recordar a O'Higgins en estas fechas nos permite redescubrirlo en su faceta sibarita. Además, comprender la dinámica de los gastrorregalos nos ayuda a mirar nuestros platos y preparaciones típicas con otros ojos. Que esta celebración entonces sea la excusa perfecta para honrar la memoria de todas aquellas personas que construyeron nuestros símbolos de la chilenidad a través de la gastronomía.

Amalia Castro, directora del Centro de Investigación en Artes y Humanidades.