Concurso de Arquitectura reunió a 28 equipos a través de intervención en Torres de Tajamar
Tras dos semanas de trabajo colectivo, más de 400 estudiantes de primer a cuarto año compitieron con sus propuestas de estructuras neumáticas. El proyecto ganador fue “Pumpkin”, que se proyectó como una estructura inflable habitable para la plaza central de este conjunto de edificios.
Con la participación de más de 400 estudiantes, organizados en 28 equipos, la Escuela de Arquitectura realizó una nueva edición de su Concurso Anual, certamen que se desarrolla de manera ininterrumpida desde 1998 en el campus El Claustro.
Durante dos semanas de trabajo colaborativo e interdisciplinario, equipos de primer a cuarto año desarrollaron propuestas de diseño bajo la temática de estructuras neumáticas, variando el formato tradicional respecto de versiones anteriores. La premiación de la competencia se realizó el pasado viernes 21 de agosto en el auditorio principal.

“Ahora quisimos sacar de la zona de confort a los estudiantes. Antes se había trabajado con estructuras más arregladas de madera y este año quisimos buscar nuevas vías de experimentación trabajando con estructuras neumáticas en una intervención que será en la plaza central de las Torres de Tajamar, en Providencia”, explicó Sebastián Navarrete, académico de la Escuela.
Trabajo que impacta
El jurado encargado de evaluar las 28 propuestas estuvo integrado por los arquitectos Alejandra Bosch y Mario Vergara, junto con el artista visual Cristián Salineros. Tras la revisión de los proyectos, el primer lugar fue otorgado a “Pumpkin”, que consiste en una estructura inflable a la que se puede entrar y habitar en su interior elaborada con materiales neumáticos y soporte de pilares rectos y diagonales.

El equipo ganador está compuesto por los estudiantes María Verónica Ramírez, Grace Campos, Constanza Isla, Rafaela Tirapegui, Maura Álvarez, Francisca Sáez, Thais Montero, Denise Clavero, Matías Alvial, Franco Molina, Martín Ibarra, Camilo Morales y Cristóbal Yévenes.
Constanza Isla, una de las integrantes del grupo galardonado, valoró el aprendizaje horizontal entre las distintas promociones y detalló que “durante la primera semana los profesores nos hicieron hacer estructuras, jugar harto con los materiales. Después fueron naciendo las ideas hasta llegar a la estructura que forma esta especie de pelota con forma de calabaza con las diagonales. Estamos muy contentos porque ganamos y este concurso es muy bueno porque nosotros aprendemos de los más chicos y ellos también aprenden de nosotros”.

Identidad y vida comunitaria
El concurso constituye un hito de integración para la comunidad de la Escuela de Arquitectura. De hecho, Gabriela de la Piedra, actual directora, recordó sus inicios en el certamen: “En ese tiempo yo iba en primer año. Han cambiado muchas cosas como las temáticas, la forma en que se van construyendo los proyectos. Este tipo de concursos al ser experimentales ayudan al pensamiento crítico que todos los creadores necesitamos y esto te ayuda a explorar muchas formas para soltar la mente y trabajar en equipo”.
Por su parte, el decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Artes, Sergio Toro, relevó el valor intangible de la jornada en la formación universitaria. “Es una tradición de la Escuela de Arquitectura y siempre tiene esta noción de congregar a estudiantes y profesores trabajando dos semanas casi sin descanso, y eso conlleva a un espíritu de comunidad que no hay que perderlo con la rutina”, concluyó la autoridad.





