Columna publicada por El Mostrador el lunes 12 de febrero de 2018.

Definitivamente este verano ha estado intenso. Acostumbrados durante años a enterarnos de los lugares en que el mundo político descansaba, vía lateras entrevistas en sus casas de Zapallar, Cachagua o cualquier lago del sur, sumado esto a un único festival que llenaba páginas y minutos televisivos y radiales, Chile parecía una aldea al estilo Macondo durante dos largos meses.

Lo único que recuerda a esa época es el regreso de las imágenes de Sebastián Piñera jugando fútbol y tenis, corriendo a caballo, trotando, concurriendo a misa y sonriendo con sus empleados, vecinos y, por supuesto, sus futuros ministros, sentado a la larga mesa de su lujosa residencia frente al lago. Una suerte de déjà vu, de la repetición de una película de Cine en su casa de los 80. Los mismos protagonistas, el mismo lugar, las mismas notas de prensa.

Pero este singular verano quedará en la historia como el debut de las series modernas de Netflix, versión chilena. Veamos el libreto y sus protagonistas.

Cargado de intrigas, espionaje y disparos cruzados entre fiscales y carabineros por un bochornoso episodio en La Araucanía; un obispo que con su sola presencia logró algo inédito en la historia del Vaticano: que un Papa tuviera que darse una voltereta completa; dos prestigiosas congregaciones religiosas que escondían deleznables abusos sexuales a sus alumnos; un general director de la policía que debe bajarse de un crucero a dos días de zarpar para recibir la reprimenda de un subsecretario, el que, a su vez, se había enterado por la prensa de sus vacaciones; un fiscal que se dio cuenta, varios años después, que respecto a todas las personas que estaba investigando por delitos de alta connotación pública y política, era por  hechos prescritos; una centena de políticos oficialistas que pasarán a ser oposición –en un mes más– en estado de shock permanente; un grupo de diputados de derecha que repentinamente quieren que vuelva la inquisición y se reponga la pena de muerte; una senadora, que deja de serlo el 11 de marzo, a la que ninguno de sus ex compañeros de ruta quieren ver ocupando un cargo en el Gobierno del futuro Presidente. Y, por supuesto, el ingrediente principal: el FBI metido en medio.

Como verán, una serie que está cautivando a todos los chilenos este verano. Ya se especula que tendrá al menos 4 temporadas.

Cuenta con un creativo equipo de guionistas, a los que incluso se les ocurrió ambientar la historia en una época de mucho calor, y mostrar el ángulo de un ciudadano cualquiera –como actor secundario– que está sentado frente al televisor observando los tradicionales reportajes de lugares exóticos a donde deberían ir los chilenos y a los que todos los noticieros centrales de la TV dedican al menos un tercio de su hora y media de duración.  Todavía no logro explicarme si es para entusiasmar a las personas o hacer que experimenten una profunda frustración. Mal que mal, quien esté viendo ese reportaje de Vietnam, Bali o Aruba es porque no está en esos lugares y debe soportar a un periodista que disfruta de esa experiencia. El televidente –en realidad parece más un extra que un rol secundario– de pronto queda atónito al escuchar a un antiguo deportista mal educado, inmaduro y obsesionado con los periodistas, que descarga su ira y rabia a pito de nada. Bueno, un pequeño lujito que se puede dar un famoso escritor de guiones.

El segundo capítulo se ambienta en La Araucanía –había que darle un toque étnico– y parte con la quema de varios camiones. Luego la escena se traslada a un sucucho oscuro en que unos policías, junto a un tipo que tuvo un pequeño rol en The Big Ban Theory, manipulan unos teléfonos de unos mapuches recién arrestados. El capítulo termina cuando los mismos policías vigilan de lejos los pasos del fiscal a cargo de la investigación. En el episodio siguiente, se ve a un grupo de agentes del FBI que realizan peritajes al laboratorio de los carabineros. Y lo mejor logrado: la cámara hace un zoom en el rostro del jefe de los policías cuando desciende del barco. Es imposible no empatizar con el hombre.

La historia de los curas ocupa un espacio central a partir del cuarto capítulo –en Netflix han llegado a la conclusión de que es el momento en que la persona ya no puede abandonar una serie– y comienza en el Colegio San Ignacio, cuando un sacerdote se insinúa a un joven alegre que tiene una risa muy exagerada –creo que estaba de más–, luego vemos al niño convertido en hombre y confesando el episodio en TV, ya que es un conductor de un programa matinal. También conocemos de la historia de una congregación llamada Hermanos Maristas, en que los abusos eran constantes y 20 años después sus máximas autoridades deciden investigar los hechos.

El capítulo 5 se centra en la conversación de unos parlamentarios ultraconservadores que, sentados frente a unos tragos, deciden que van a emplazar al futuro Presidente a plebiscitar una idea genial que se les acaba de ocurrir: reponer la pena de muerte. Saben que el proyecto no tiene ninguna posibilidad, pero creen que con eso pueden adquirir notoriedad. Terminada la reunión se van a un cabaret y son detenidos en una redada policial. Creo, eso sí, que esto último fue un exceso de creatividad, pero, según el guionista, esta situación la ha visto en muchos republicanos y que en Chile debe ser igual.

Debo reconocer que el episodio que más me hizo reír, pese a ser bastante trágica la idea, es ese donde conocemos distintas historias de dirigentes de la ex Nueva Mayoría. Hay un democratacristiano que llora amargamente cuando le cuenta a un amigo que ha tomado la decisión de abandonar el partido en que militó por años. El diálogo es intenso, pero tiene algunos tintes humorísticos, como cuando el hombre dice “la Mariana nos mató la operación, justo cuando estábamos pensando en cambiarle el nombre al partido”. También se ve a un sujeto canoso y alto caminando por el Parque Forestal, reflexionando en voz alta que los resultados del PPD no fueron tan malos después de todo y que, por tanto, no hay razones para renunciar a la presidencia del partido.

El capítulo termina cuando, en el café de un hotel elegante, conversan animadamente las directivas del PS, DC, radicales y PPD. De pronto alguien pregunta si van a tomar una decisión respecto del rol que tendrán desde el 11 de marzo, pero uno de ellos responde que no es necesario apurarse, que todavía las cosas son muy recientes y que hay que tomarse un par de meses más para reflexionar y analizar el futuro. “Propongo un cónclave en junio o julio”, concluye. Nadie lo contradice, por tanto, la idea parece ser bienvenida. Salvo por uno de los participantes que parece estar con la mente en otro lado. Sin preámbulos sube el tono de la voz y dice: “Creo que es mejor que nos reunamos recién en diciembre, ya sabremos cómo le está yendo a Piñera, y según eso definimos un candidato presidencial, eso nos puede dar unidad y fuerza…”. El grupo lo interrumpe con aplausos, y el dirigente termina la frase: “¿Y qué tal Lagos?”.

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