12 / 04 / 2017

El fin de una era política


Germán Silva Cuadra, Director del Centro de Estudios y Análisis de la Comunicación Estratégica (CEACE), Universidad Mayor

Columna publicada por El Mostrador el 11 de abril de 2017

Y finalmente Ricardo Lagos cumplió con la amenaza que habían efectuado los integrantes de su entorno en los días previos a la votación con que el comité central del PS selló su suerte. Es un hecho que el intento dramático por convencer a las bases socialistas esta vez no surtió efecto. Ni los llamados a no cometer un “error histórico” la desafortunada frase de Carlos Montes, ni la advertencia vehemente de Escalona respecto a que una derrota de Lagos implicaría una debacle del partido y el fin de la coalición a la que pertenecen, lograron cambiar esta especie de crónica de una muerte anunciada.

En definitiva, el PS optó por el pragmatismo. La vocación de un partido siempre ha sido conquistar el poder y esta vez no fue la excepción. De nada sirvieron las apelaciones a la historia y al rol cumplido por el ex Presidente a comienzos de este siglo. La diferencia en las cifras de apoyo a los dos candidatos en competencia era abismante y, por lo visto, la mayoría no estuvo dispuesta a asumir una derrota en las urnas. Así de simple.

La verdad es que Lagos fue preso de su propia trampa el domingo pasado. Si bien una semana antes había logrado imponer sus términos y evitar la competencia interna, su equipo no calculó que la nueva directiva, encabezada por Elizalde, daría un golpe rápido y realzaría la elección siete días después, no aceptando el requisito de votar de manera abierta. En cierta forma, la “operación Lagos” terminó con un harakiri colectivo, es decir, con los tres candidatos socialistas fuera de carrera: Insulza, Atria y el propio ex Jefe de Estado. Qué paradojas de la política.

Pero no todo fue derrota para Lagos. Esta es una salida bastante digna para un candidato que no prendió nunca. Alguien que tuvo un peso tan importante en la política chilena no necesitaba terminar derrotado de manera estrepitosa en una votación popular el próximo 2 de julio. Creo que el ex Presidente debe estar aliviado. “Sé escuchar la voz del pueblo”, fue la frase inteligente con la que selló este viaje ingrato para intentar llegar a La Moneda. Un consuelo para el ex gobernante es que no siempre las segundas partes son buenas y, de seguro, también más de un momento de insomnio le ha de haber causado este episodio a Piñera la noche del domingo.

De fondo, esta decisión partidaria es la demostración de que comienza el fin de un ciclo político después de 28 años. Se acerca el término de dos bloques homogéneos en tamaño, que repetían la lógica de demócratas versus republicanos y, seguramente, volveremos a estar divididos en los viejos “tres tercios”.  Esta es también una derrota de las elites, de los “operadores”, del establishment de uno de los partidos claves del Gobierno. Y, por supuesto, es el signo más evidente de que la forma de hacer política en Chile está cambiando.

Candidatos más populistas –en cuyo marco se incluye el discurso de Piñera versión 2017, menor peso de las cúpulas, irrupción de un nuevo ciudadano desconfiado y más pragmático, así como de personajes emergentes que sintonizan más con las personas como el curioso fenómeno de Beatriz Sánchez o el nacimiento de conglomerados con aire fresco, como Evópoli, Ciudadanos o el Frente Amplio.

Pareciera ser que este es el comienzo del fin de la hoy Nueva Mayoría o Concertación de antaño. Una coalición política debe tener, como mínimo principio, la capacidad de soportar una contienda interna y estar dispuesta a respetar la voluntad popular. Si la Democracia Cristiana decide ratificar, el 29 de abril, lo que han señalado en estas horas varios de sus dirigentes que competirá en primera vuelta y no participará en las primarias–, significa que no está dispuesta a tolerar el triunfo eventual de un compañero de fórmula como Alejandro Guillier y, menos, apoyarlo en una campaña presidencial. Por tanto, ya no tiene nada que hacer dentro de ese pacto.  

Si la DC llega a dar este paso y anuncia que seguirá con Carolina Goic hasta noviembre, de seguro provocará un efecto dominó que puede “contagiar” a todos, incluido Chile Vamos.

Este nuevo escenario político puede significar que exista una competencia presidencial a varias bandas y se desate una disputa intensa en torno a ideas y visiones del futuro del país. De más está decir que esta situación hace imposible la conformación de listas parlamentarias comunes y, por tanto, los apoyos en segunda vuelta carecerán de espíritu colectivo y lugares comunes del Chile que se anhela. De seguro, Manuel José Ossandón ya debe estar estructurando una estrategia para saltarse las primarias de la derecha.

Pero el gran perdedor de este episodio fue el Partido por la Democracia. Pese a haber proclamado a Lagos con bombos y platillos, y luego completado el refichaje –algo que parecía imposible–, se quedó sin candidato. Es muy difícil que pueda levantar una opción competitiva en tan poco tiempo, pero lo más dramático es que puede quedar atrapado con un presidenciable que exigirá su derecho a asumir la plaza dejada por su oponente: Jorge Tarud. Y digo dramático, porque lo que pareció una especie de humorada o “saludo a la bandera” en su momento, hoy se puede convertir en una opción, pues la verdad es que la tentación de reemplazar al padre por el hijo –Ricardo Lagos Weber no parece ser algo estéticamente muy presentable.

Hoy se puede iniciar una nueva era en la política chilena. Ojalá traiga aires frescos. Y lo que sí es un hecho es que Lagos cumplió su ciclo; y la forma de hacer política, también.

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